No era un bosque encantado, ni una ciudad con dragones,
este lugar era Buenos Aires, el antro de las magias deshechas, oscuras y olvidadas.
Pasaje de Flores adornando el camino, el sol del crepúsculo
colándose entre los pétalos dota de melancolía la escena que allí se desarrolla.
Pero no es mucho mas de lo que aparenta todo este engaño !
Tan solo allí se encuentra la payasa del pasaje, moviéndose como un muñeco de alambre,
con pasos mágicos, ilumina el rostro de quienes observan, pues cuidado!
mientras ella baila, ellos sonríen, mientras ellos disfrutan, sus almas ella se lleva.
Sin pintura en su rostro, interpreta. Interpreta la vida que cada espectador tiene y desearía tener.
mientras ella vive pedazos de vida, sin saber que es observada ni que les esta robando sus pobres almas.
Danza, danza porque le gusta, porque lo siente, porque ama sonreír mientras da vueltas.
Anonadado, se encuentra el publico que sabe apreciarla, y a la multitud inteligente que logra evadirla,
ella amarra con sus lazos y pequeñas sonrisas para atraeros.
Luego de un momento, el sol se encontraba bajando por el Oeste, oculto ya por los edificios,
la payasita se encontraba terminando su obra cumbre del día, y a su alrededor se encontraban los
huesos y sombras de sus espectadores, todavía admirándola desde los huecos vacíos.
Quieta se encuentra, hasta que el sol comienza a rodear las calles, y los petalos a decorar el piso,
comienza su fina danza, cual muñeca de cajita musical, repite los pasos, danza, danza, rie, rie,
y todos caemos ante su bellas pequeñas risas.